
Antes de aventurarnos a conocer Viena, Praga y Budapest, decidimos pasar unos días en la ciudad de la luz, así que nuestro itinerario inició en París, desde donde tomamos un vuelo de la compañía Easy Jet, y al cabo de dos horas aterrizamos en Budapest.
No olviden cerciorarse si desde su país de origen se necesita visa para entrar a Austria, República Checa o Hungría.
Budapest: Tanto Buda como Pest, son dos ciudades que, antes de su unificación, tuvieron una historia agitada, siendo invadidos por multitud de imperios, como los romanos, los celtas, los mongoles y los turcos, hasta que en 1686 fueron dominados largo tiempo por el imperio Austro-Húngaro; de todos ellos existen vestigios que admirar en la ciudad.
Al llegar, tomamos un taxi del aeropuerto al centro histórico, donde nos hospedamos en un hotel en el lado de Pest una espectacular vista al río. Desde aquí pudimos apreciar las luces de la ciudad de Buda reflejándose en el Danubio, así que hicimos un “check” en nuestra “bucket list”. Con 200 km, el Danubio es el segundo río más largo de Europa, y divide a las dos ciudades de Buda y Pest. Sin duda, el misticismo que lo rodea fue obra de Strauss, pero también ha sido clave en la historia de los países que recorre.
De nuestra visita, les recomendamos los siete lugares que no pueden dejar de conocer en el centro histórico de Budapest, el cual, como la mayoría de las ciudades europeas, se recorre mejor a pie: el espectacular parlamento de Budapest, el Castillo de Buda, el Puente de las Cadenas (el más antiguo sobre el Danubio), el Bastión de los Pescadores (desde donde se obtienen vistas preciosas de la ciudad), la bellísima ópera de Budapest, la Plaza de los Pescadores y la Basílica de San Esteban. La ciudad es famosa por sus balnearios turcos de aguas termales, que son en sí mismos joyas arquitectónicas; los más visitados son Gellert y Széchenyi.
Ninguna visita a Budapest estaría completa sin un paseo en barco por el Danubio, desde donde pueden apreciar la ciudad y hasta cenar.
Si buscan una experiencia gourmet, les recomendamos el restaurante Spoon, situado en un barco anclado en el río, justo al lado del Puente de las Cadenas en Pest y frente al Castillo de Buda. Pueden probar comida local (que es a base de carnes y especies) o internacional, y degustar el famoso Tokaji Aszú, el vino dulce húngaro, conocido también como el Vino de los Reyes.
No se vayan de Budapest sin antes pasar a deleitarse en alguna de sus famosas heladerías; les recomendamos sentarse en la terraza del Anna Café, en el corazón de la ciudad, y disfrutar la vista, un café o las deliciosas copas de helados.
Después de tres noches en Budapest, tomamos el tren hacia Viena y llegamos a la capital de Austria en dos horas y cuarenta minutos.
Viena: aquí nos hospedamos un poco más alejados del centro histórico, en un hotel al lado del Centro de Convenciones Reed Messe Wien, en una localidad pacífica que también alberga el Prater de Viena, el parque de atracciones más antiguo del mundo; así que nuestra primera grata sorpresa fue el metro de Viena: fácil de usar, seguro y limpio. Al llegar al centro histórico, nos sorprendimos ante la majestuosidad y la imponencia de la ciudad, casi intimidante!
No se queden sin visitar la bellísima Ópera de Viena, la Catedral (desde la torre hay excelentes vistas de la ciudad), el museo de historia del arte, el ayuntamiento y el parlamento; recorran con calma el Stadtpark (parque de Viena), en donde pueden admirar la estatua de Johan Strauss.
Vale la pena caminar por la avenida principal o Ringstrasse (construida donde antes estaba la muralla de la ciudad construida en el siglo XII): es un boulevard de 5,3 km de largo que rodea la ciudad antigua, y donde se ubican muchos edificios históricos, y sitios turísticos. Si está cansado de caminar, puede recorrerla en tranvía, el ringtram.
Un poco más lejos del centro, y sobre la margen del Danubio, subimos a la Torre del Danubio: de 250 metros de altura, ofrece vistas a la ciudad, un restaurante giratorio, y si anda en ánimo aventurero, puede practicar bungee jumping desde ella!
A pesar de que también existe en Viena una mezcla de arquitecturas originadas de sus antiguos conquistadores, Austria fue la principal sede de la dinastía más larga y poderosa en la historia de Europa: el imperio de los Habsburgo (1278-1918). Por esta razón existen hoy en día varios palacios que vale la pena visitar: el Palacio Hofburg, que alberga museos, capillas y hasta las oficinas del presidente de Austria, y el Palacio Belvedere, que hoy es un museo y del cual vale la pena conocer sus jardines.
Les recomendamos tomar un día para visitar el Palacio de Schõbrunn, que fue la residencia de verano de la familia imperial. Se puede acceder desde el centro en metro, tranvía o autobús. El interior conserva la majestuosidad de la época, y tiene además preciosos jardines, un laberinto y alberga al zoológico más antiguo del mundo.
Si quieren salir un poco del centro y conocer los alrededores de Viena, les recomendamos tomar un bus o tranvía hacia el pintoresco pueblo vinero de Grinzing, repleto de tabernas o Heuriger, en donde pueden degustar los vinos jóvenes que se producen en los viñedos circundantes, la mayoría blancos.
Después de cuatro noches en esta imponente capital imperial, nos dirigimos de nuevo a la estación de tren, y llegamos a Praga en poco menos de cuatro horas. Tiempo excelente para descansar, leer o disfrutar del paisaje.
Praga: acogedora y romántica, la capital de República Checa nos encantó: la vista de sus múltiples puentes atravesando el Moldava quita el aliento hasta al menos romántico. Su centro histórico es un museo en sí mismo e invita a caminar sus calles, muchas de las cuales son peatonales. La Plaza de la Ciudad Vieja es el sitio más concurrido, tanto para turistas como para locales. Paseando por la plaza, descubrimos el Ayuntamiento, con su famoso reloj astronómico y su torre de sesenta metros que ofrece vistas de la ciudad. Además alberga la Iglesia de Tyn, de estilo gótico, cuyas dos torres son emblemáticas de la ciudad, y cuya entrada se encuentra “escondida” entre casas y calles estrechas.
Otros monumentos infaltables son: 1. La Torre de la Pólvora, una torre gótica que marca la entrada a la ciudad vieja. 2. El Puente Carlos IV, hoy peatonal, es el más antiguo de Praga, tiene 500 metros de largo y diez de ancho, atraviesa el río Moldava, comunicando la Ciudad Vieja con la Malá Strana o Ciudad Pequeña; a lo largo del puente hay más de treinta estatuas, y su construcción está repleta de historia y mitos. 3. Castillo de Praga, es el Castillo más grande del mundo y está constituído por múltiples edificios conectados por callejuelas pintorescas; fue residencia oficial de emperadores y hoy alberga el despacho oficial del presidente. En el castillo podemos visitar, entre otros, la Catedral de San Vito y la Basílica y convento de San Jorge. Está localizado del lado oeste del río, cerca de la Malá Strana. 4. Otros sitios de interés: el cementerio y las sinagogas judías, la casa de Kafka, el museo nacional y la ópera.
No se despida de esta preciosa ciudad sin degustar su gastronomía típica, tan única como la ciudad misma, que incluye por supuesto la gran variedad de cervezas locales, de las cuales les recomendamos la tradicional Pilsner Urquell.
Si quieren conocer un poco la campiña y las afueras de la ciudad, les sugerimos conocer la pintoresca ciudad de Pilsen, en la región de Bohemia, con una visita a su famosa cervecería (nosotros tomamos un tour). En la misma región, pueden visitar una fábrica de vidrio para presenciar la fabricación de su afamado cristal.
Por último, no dejen de visitar las tiendas de chocolates y dulces en el centro histórico, algunas de las cuales (como Viva Praha), tienen demostración en vivo de cómo se hacen a mano sus famosos confites.